viernes, 28 de junio de 2013

DESFILANDO  SIN CERVEZA

Era la nuestra una familia bastante numerosa, si contamos  todos  los  primos hermanos, sus nietos, todos los que la componían, con nuestros padre y tíos por delante. Y todos estábamos bajo  el paraguas protector de nuestro común padre y  abuelo. A toda la familia más consanguínea  había que añadir a sus sobrinos mas lejanos, nuestros tíos segundos. Él era una especie de jefe de clan.  Fue el fundador de la casa de cervezas  de la marca Espuña. Y durante el directorio de Primo de Rivera,  la fabrica no puede decirse que fuera  mal, aunque la cosa tampoco era como para tirar cohetes. El abuelo tenía una especial predilección por mi hermano mayor, y tal simpatía era correspondida por mi hermano, con una devoción casi infinita. 

Mi abuelo tenía buena mano con los de UGT, que colaboraron con el dictador. Yo era un chaval, y recuerdo  todo aquello como un sueño, aunque para algunos fuera el final de una pesadilla. El final de las guerras de Marruecos. Mi hermano mayor fue protagonista de todo este tiempo. Se debatía entre su idea social de la justicia política, y su amor casi adictivo por todo lo militar. Dudó mucho en lo de si quería ir o no a la guerra, aunque en  realidad la decisión  concreta no le correspondía a él, como a ninguno de los que eran reclutados. Desde el otro lado tiraba de él el abuelo, y le influenciaba con una autoridad especial para que mi hermano hiciera un esfuerzo por quedarse en la península. En hacer todo lo posible él mismo, soldado de una pieza, por no ir. Él conocía algún capitán, que a su vez conocía a algún coronel, que hubiera podido influir. Conseguir librarle de esa guerra. Pero a mi hermano le había fabricado la vida unos hombros para llevar un uniforme caqui encima.

Los políticos que vinieron después del general, tenían muchas cuentas pendientes con la dictadura, por no haberles dado esta  cancha alguna  para su manejos. Los había más incluso entre los derechistas que tuvieron influencias en la época anterior a esta. Influencias de las que mi abuelo se aprovecho para tirar adelante, al igual que de las de algunos prebostes que tocaron poder en la época de Primo. Eso da una idea de lo melifluo  de esas relaciones, en la época  anterior  inmediata,  de  las últimas batallas en  África.

El único recuerdo que me quedó de la guerra de Marruecos, fue la noticia de la muerte de mi hermano. Mi abuelo, aunque las tenía, las influencias, no fueron suficientes para  librar a mi hermano de esa debacle. Aunque este, por otra parte, no mostraba tampoco estar muy por la labor. Tenía el abuelo  también dinero, pero  no era tampoco el necesario.  Por eso no  consiguió sacar a mi hermano de allí , aunque suene raro.

Mi  hermano se tomaba todo ese tejemaneje con caras largas, ya que se pasaba el día, en un continuo desfile,  entre  físico y metafísico. Ya lo hacía al levantarse, andando  de manera marcial hasta el cuarto de baño y a desayunar. Y luego lo hacía también al llegar el momento de meterse en la cama. Entre medias, se pasaba el día yendo a paso ligero, de un lado para otro. Solo era capaz de relajarse y  parar, después de tomarse cuatro o cinco cervezas de las de la  marca Espuña. Parecía que solo sabía vivir desfilando.
Por ello quizá, no le importo demasiado ir a Marruecos.  El ascendiente  de nuestro patriarca sin embargo, si le  concedió que le promocionaran  más  rápido de lo habitual,  de soldado  artillero a alférez. Seguro que el disparo del mosquetón del  “paco” moro, le pilló desfilando en primera línea de su compañía, mientras esta arrastraba lentamente los cañones. Mucho más lento de lo que exigirían las prisas habituales de mi hermano. Algo de lo esencial  nos contaron  por lo menos, aunque  nunca supimos si  era un consuelo  barato  y socorrido.
Solo al volver, regresó tranquilo, como es lógico. Tumbado en su caja de pino provisional, envuelto en la bandera. Fue la manera definitiva de conseguir tenerle quieto,  un rato más largo de lo que era habitual. Tan largo, que casi  he olvidado el sonido inconfundible de sus pasos,  siempre tan  apresurados .

Ni que decir tiene, que mi abuelo cerro la fabrica, para desconsuelo de toda su parentela sucesora. Pues el caso es que se le debió acabar el acicate más intimo, para seguir fabricando  cerveza.
Yo todavía recuerdo  los andares de mi hermano, aunque no el sonido, cada vez que saboreo una cerveza  de la marca del abuelo. Alguna de las que quedan, arrumbadas, con un saborcillo  de cierta solera rancia, en el trastero de nuestra casa. Como si fueran reliquias de un absurdo colectivo.


APHRU

2013-06-28

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