DESFILANDO SIN
CERVEZA
Era la nuestra una familia bastante numerosa, si
contamos todos los primos hermanos, sus nietos, todos los que la componían, con nuestros padre y tíos por delante. Y todos estábamos bajo el paraguas protector de nuestro común padre y abuelo. A toda la familia más consanguínea había que añadir a sus sobrinos mas lejanos, nuestros tíos segundos. Él era una especie de jefe de clan. Fue el fundador de la casa de cervezas de la marca Espuña. Y durante el directorio de
Primo de Rivera, la fabrica no puede
decirse que fuera mal, aunque la cosa
tampoco era como para tirar cohetes. El abuelo tenía una especial predilección por mi hermano mayor, y tal simpatía era correspondida por mi hermano, con una devoción casi infinita.
Mi abuelo tenía buena mano con los de UGT, que colaboraron con el dictador. Yo era un chaval, y recuerdo todo aquello como un sueño, aunque para algunos fuera el final de una pesadilla. El final de las guerras de Marruecos. Mi hermano mayor fue protagonista de todo este tiempo. Se debatía entre su idea social de la justicia política, y su amor casi adictivo por todo lo militar. Dudó mucho en lo de si quería ir o no a la guerra, aunque en realidad la decisión concreta no le correspondía a él, como a ninguno de los que eran reclutados. Desde el otro lado tiraba de él el abuelo, y le influenciaba con una autoridad especial para que mi hermano hiciera un esfuerzo por quedarse en la península. En hacer todo lo posible él mismo, soldado de una pieza, por no ir. Él conocía algún capitán, que a su vez conocía a algún coronel, que hubiera podido influir. Conseguir librarle de esa guerra. Pero a mi hermano le había fabricado la vida unos hombros para llevar un uniforme caqui encima.
Los políticos que vinieron después del general, tenían muchas cuentas pendientes con la dictadura, por no haberles dado esta cancha alguna para su manejos. Los había más incluso entre los derechistas que tuvieron influencias en la época anterior a esta. Influencias de las que mi abuelo se aprovecho para tirar adelante, al igual que de las de algunos prebostes que tocaron poder en la época de Primo. Eso da una idea de lo melifluo de esas relaciones, en la época anterior inmediata, de las últimas batallas en África.
El único recuerdo que me quedó de la guerra de Marruecos, fue la noticia de la muerte de mi hermano. Mi abuelo, aunque las tenía, las influencias, no fueron suficientes para librar a mi hermano de esa debacle. Aunque este, por otra parte, no mostraba tampoco estar muy por la labor. Tenía el abuelo también dinero, pero no era tampoco el necesario. Por eso no consiguió sacar a mi hermano de allí , aunque suene raro.
Mi hermano se tomaba todo ese tejemaneje con caras largas, ya que se pasaba el día, en un continuo desfile, entre físico y metafísico. Ya lo hacía al levantarse, andando de manera marcial hasta el cuarto de baño y a desayunar. Y luego lo hacía también al llegar el momento de meterse en la cama. Entre medias, se pasaba el día yendo a paso ligero, de un lado para otro. Solo era capaz de relajarse y parar, después de tomarse cuatro o cinco cervezas de las de la marca Espuña. Parecía que solo sabía vivir desfilando.
Por ello quizá, no le importo demasiado ir a Marruecos. El ascendiente de nuestro patriarca sin embargo, si le concedió que le promocionaran más rápido
de lo habitual, de soldado artillero a alférez. Seguro que el disparo
del mosquetón del “paco” moro, le pilló
desfilando en primera línea de su compañía, mientras esta arrastraba lentamente
los cañones. Mucho más lento de lo que exigirían las prisas habituales de mi
hermano. Algo de lo esencial nos
contaron por lo menos, aunque nunca supimos si era un consuelo barato
y socorrido.
Solo al volver, regresó tranquilo, como es lógico. Tumbado en
su caja de pino provisional, envuelto en la bandera. Fue la manera definitiva
de conseguir tenerle quieto, un rato
más largo de lo que era habitual. Tan largo, que casi he olvidado el sonido
inconfundible de sus pasos, siempre tan apresurados .
Ni que decir tiene, que mi abuelo cerro la fabrica, para desconsuelo de toda su parentela sucesora. Pues el caso es que se le debió acabar el acicate más intimo, para seguir fabricando cerveza.
Yo todavía recuerdo
los andares de mi hermano, aunque no el sonido, cada vez que saboreo una
cerveza de la marca del abuelo. Alguna de
las que quedan, arrumbadas, con un saborcillo
de cierta solera rancia, en el trastero de nuestra casa. Como si fueran reliquias
de un absurdo colectivo.
APHRU
2013-06-28
No hay comentarios:
Publicar un comentario