EN TREN A MADEIRA.-
Todos teníamos ganas de viajar
y yo también sentía ganas, e inquietud además.
Había viajado poco en mi vida.
Aunque cada sueño, cada paseo, andando, en coche,
como sea, ha sido a veces un viaje épico,
en su modesta timidez evocadora.
Era el viaje del ecuador, en Derecho.
Pensamos diferentes sitios
a los que pudiéramos ir:
Italia, era demasiado tópico,
con poco jugo argumental.
debido al ausente exotismo.
Se decidió por votación.
Pensamos mil lugares,
algunos fumando, detenían el mundo.
Queriendo suicidar su compañerismo
al renegar del viaje propuesto en cada momento,
que les podía parecer propio de catetos
a la caza de currículo en destinos con gloria y caché.
De repente alguien pareció dar con el sitio:
“es muy barato”, dijo:”! a Madeira¡“
Lo planificamos todo, vimos guías turísticas,
tuvimos mil reuniones excitadas
haciendo ya un anteviaje al decidir itinerarios.
Pero le fallamos a la vida, nunca fuimos a Madeira,
no hubo viaje al poniente antiguo y tenebroso,
a la cuna de tantas guaridas del inconsciente,
a esa isla de sueños colectivos,
tan anteriores, incluso, al nuestro.
Tan antiguo ya ahora.
Pero el girar del mundo por un momento se detuvo.
Como el sueño antiguo,
de toda una civilización indemostrable, brumosa.
Hace no tantos años fui a Roma, llovió mucho,
todo estaba verde.
Me gustó Roma
a lo mejor porque no era perfecta,
como la habían descrito:
como te puede gustar una chica de aspecto indescifrable.
Sin comprender por qué.
El río Tiber amenazaba en su caudal, con llevar nos al mar.
Me recordó a como yo pensaba
que habría sido Madeira,
lluviosa, fría, desapacible
y salvajemente Civilizada.
Una Madeira llena de ruinas del inconsciente,
reconstruidas por el mar…
Me gustaría aún, ir en tren a Madeira.
Qué planes, qué sueños tendría con el viaje.
Tendría más magia, -más que el anterior, planeado en grupo-,
yo solo,
mucho más calmo que en un viaje real.
Aunque nunca hubiera podido ir en tren a Madeira,
en un ferrocarril., un-tren-ferry anfibio,
tirado por caballos blancos de Neptuno,
como las mulas de tranvías antiguos.
Escuchar a viajeros y pájaros hablar en portugués,
sintiéndome como en una casa llena de saudade,
como en mi casa.
Como en la casa de los días
en que me miro con la atención
del cazador de tesoros.
Los que guardan belugas, que son como grifos de mar,
o sirenas varadas del amor cortés.
Como las que vigilaban el sueño de todas las Damas
de los grandes soles de Porto Pim.
Todavía quiero ir a Madeira.
Como sea, de la manera que sea.
Montado en una corza de mar, una cierva curete, una delfina blanca,
que conozca los mares y derrotas de Túbal y Noé.
Aún quiero ir a Madeira,
para conocer del viejo reino,
donde nacen las borrascas isobaras amables de Céfiro...
Encuentro incorporado de vida, momento de verme en ella.
Álvaro Pérez
2008-05-29- 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario