domingo, 21 de julio de 2013

UN  TIEMPO  QUE TODAVIA NO ERA NADIE

Eran los años sesenta del siglo XX, en  plena semana santa, cuando ese pueblo del sur tenía el resplandor blanco de la pureza sentida y amasada por siglos de fe. Todo en aquel país se volcaba sobre la religión durante esos días, atravesando las paredes y los cuerpos un hálito de quietud que lo paraba todo, y lo llenaba de un sentido milagroso y etéreo que imperaba en todas las personas y cosas, las piedras, los animales, el aire y la comida. No había más distracciones en esa semana que los oficios, las misas y las procesiones.
En las iglesias, las viejas vestidas de negro luto ya de por vida cantaban con voz de niñas y con el acento chillón, quejumbroso, alegre y siempre humilde de los andaluces. En la calle, los gatos paseaban silenciosos por los rincones sombríos y los muros blancos, y las palomas encendían su mirada ante la resurrección del sol, en un nuevo año para la luz que reflejaban las paredes encaladas, por donde se asomaban las primeras lagartijas.
Era un orden diferente del de los días actuales, basado en la lentitud y en aferrarse a lo conocido, aunque fuera misterioso en el fondo de las almas. Ya existía el frenesí por derribar todo lo viejo, pero la tradición tenía todavía tal fuerza que tiraba de las personas y de sus vidas como una enorme piedra atada a la pierna de un hombre arrojado al mar.
En el pueblo seguían despertándote los pasos de las mulas y borricos golpeando con el cloc-cloc de piedras que chocaban en el empedrado de las estrechas calles. Y entonces  todo el dormitorio de paredes blancas se llenaba de luz joven, esperanzada e inocente. Toda la casa vestida en su velo de novia perpetua recibía al día con alegre rutina, y te llenaba de gozo el sentir que era un alivio estar rodeado de seres sencillos que eran buenos y amables por herencia cultural, no por obligación o costumbre.
Los campos empezaban a estar llenos de color y de personas que tenían marcada en su cara la dureza de la vida al aire libre. Miraban con respeto al patrón y con curiosidad feliz a los niños de ciudad que sentíamos su dulce país tan cálido y cercano, y la  presencia de ellos tan deseada y festiva. Luego esos hombres se vestirían de nazarenos o llevarían en andas la imagen de su virgen o su Cristo. Les cantarían saetas o verían embobados a un lado de la calle como la procesión pasaba por delante mientras unos rezaban y  algunos lloraban por ver a Jesús sufrir y morir por ellos, pues era el único que recordaban capaz de haberlo hecho. La banda de música tocaba un ritmo como de parada, entre militar y religiosa. Marcaba el son de los pasos de las andas. Era una música que producía pesar, una pena muy honda. A veces la tropa de musicos estaba compuesta de soldados, que recordaban a los de Roma, otras era una sencilla banda municipal.
Yo ya sentía que esa religiosidad era solo propia de la gente mayor de esa época, y me temía que seguramente los sucesores de aquellos andaluces duros y sabios eran ya de otra pasta. Como si su religión estuviera ya en otra parte. Se les veía a todos los jóvenes con ansias de marcharse, aun sin saber que les depararía el futuro en los lugares de promisión que ellos imaginaban eran las ciudades inmensas a las que se dirigían sus sueños de futuro. Pero es que estos nuevos andaluces ya no amaban el campo y veían en sus padres a seres incultos que gustaban de sufrir trabajando por no saber hacer otra cosa. Así se perdió una cultura. Por la ceguera de los poderosos y por la incomunicación entre generaciones. Esa gente que leía el campo y vivía solo para él desapareció poco a poco, dejándonos silencio y hambre de un saber que nada más podía proporcionarlo la vida misma.
La semana era un recorrido constante por las cuatro iglesias de Arjona. Nuestra madre sabía los horarios de todos los oficios y  misas. Todos acabábamos con olor a incienso y cera después de tanta vida al calor de los rezos. Esa religiosidad era una cultura, algo que se desprendía de la voluntad bondadosa de las gentes, y aunque no sé si habría excepciones, no se daban aparentemente  casos de gente obligada a seguir esos ritos. Sí había quizá una despreciativa hipocresía causada por el miedo a lo diferente, hacia los seres que entendían la vida a su manera. Una manera de aislamiento de la gente con ideas propias, estigmatizado por una iglesia que no era capaz de entender o explicar su mensaje entero. Aunque yo no  conocí casos de ese  rechazo  de los otros, había una bondadosa ignorancia, muchas veces sin mala fe, de lo que no era entendido como natural en las personas, pero luego vendría lo contrario, el ensalzamiento insensato de cualquier heterogeneidad llamativa. Puede que hubiera rutina en esa fe nunca explicada, pero también y sobre todo había amor a lo recibido y agradecimiento por la vida y sus dones. Por tener un asidero fiel gracias al cual uno nunca podía sentirse abandonado. Era una cultura del dar gracias, a veces exagerada en su tono resignado sin remedio. Frente a ella, se edificó la actual civilización de la protesta permanente. La política se entro metió en las almas de la gente y nadie se preocupó de cuantos corazones quedarían a la intemperie. Sí podía sentirse esa religión a veces como algo atosigador, pero llenaba tanto todas las cosas de la vida que uno nunca llegaba a sentirse solo y amedrentado durante mucho tiempo.
Arjona fue para mí desde siempre una ciudad con un cierto hálito de tristeza. Parecía ya entonces una ciudad en el borde de su decadencia, y otros pueblos más humildes tenían un sostén más recio en la pujanza interior de sus habitantes, más abiertos al futuro, y menos encerrados en su propia historia, lo que les daba una alegría quizá algo rustica pero perceptible rápidamente. El simple acento del habla andaluza de Arjona era más altivo, recio y orgulloso que el acento alegre y humilde de las gentes de Marmolejo y comarca. Solo había doce kilómetros de distancia, pero el paisaje era otro, alegre, colorista y fresco en Marmolejo. El de Arjona en cambio era un paisaje sufrido y austero. Quizá fueran  de Arjona los aceituneros altivos que cantó el poeta, o era quizá ese talante ya una costumbre forjada en el trato con señores poderosos, lo que hizo de las gentes de esa población seres más pagados de una historia propia heredada de las leyendas y herencias familiares de hazañas particulares.
Los días en el campo pasaban rodeados de animales que se empeñaban en regalarnos: un gato de la camada que iban a sacrificar, un pollo con su plumón amarillo de días, un jilguero o un canario cantando incansable en su jaula, un perrito que comería demasiado para su madre o el pato azulón que luego les devolveríamos. Nos entreteníamos entre las celosas vacas madres de raza retinta, entre los carneros con su cuerna de caracola, admirándolos a ellos y a los corderillos del rebaño que jugaban entre sí saltando troncos y persiguiéndose. Esos corderillos eran algo de la esencia de la semana santa, diosecillos animales que representaban a un Jesús niño para mí. El cordero sacrificado por los romanos era un símbolo para mayores. Tenían en la mirada el candor de un dios entregado a su sacrificio, pero en mi mente por lo menos eran seres de cuento, imposibles de ser muertos o de morir por cualquier causa, pues yo pensaba que no crecían nunca. Los jienenses de Arjona adoraban a las golondrinas por haber librado a Jesús de las espinas, y a las cigüeñas por anidar en las iglesias y anunciar la primavera. Consideraban que era un crimen matarlas a ambas. Odiaban a las culebras por haber tentado a Adan, y la virgen muchas veces pisaba una serpiente en las figuras esculpidas que los creyentes adoraban.
Arjona era el pueblo añejo, con historia conocida desde los hombres de la edad del bronce. Era un pueblo en su otero, vigilante de las colinas llenas de olivos que lo rodeaban y adornado con casas señoriales de las familias principales, desde que el Rey Alhamar la hizo capital de un reino que luego fue el nazarí de Granada. Esa religión tan castiza y robusta citada antes, fue la que permitió reconquistar estos parajes para la cristiandad, y los luchadores de entonces con sus jefes repoblaron lo conquistado con su sudor y su sangre. Esa era la esencia de Arjona, una ciudad con historia propia: Urgavona Alba, como le llamaron los romanos. La ciudad blanca de las semanas santas llenas de luz irreal y soñada. La luz de un pueblo que creía, porque pensaba que era más bonito vivir de esa manera.





Álvaro Pérez de Herrasti Urquijo
2010-04-08


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