UN TIEMPO QUE TODAVIA NO ERA NADIE
Eran los años sesenta del siglo
XX, en plena semana santa, cuando ese
pueblo del sur tenía el resplandor blanco de la pureza sentida y amasada por
siglos de fe. Todo en aquel país se volcaba sobre la religión durante esos
días, atravesando las paredes y los cuerpos un hálito de quietud que lo paraba
todo, y lo llenaba de un sentido milagroso y etéreo que imperaba en todas las
personas y cosas, las piedras, los animales, el aire y la comida. No había más
distracciones en esa semana que los oficios, las misas y las procesiones.
En las iglesias, las viejas
vestidas de negro luto ya de por vida cantaban con voz de niñas y con el acento
chillón, quejumbroso, alegre y siempre humilde de los andaluces. En la calle, los
gatos paseaban silenciosos por los rincones sombríos y los muros blancos, y las
palomas encendían su mirada ante la resurrección del sol, en un nuevo año para
la luz que reflejaban las paredes encaladas, por donde se asomaban las primeras
lagartijas.
Era un orden diferente del de los
días actuales, basado en la lentitud y en aferrarse a lo conocido, aunque fuera
misterioso en el fondo de las almas. Ya existía el frenesí por derribar todo lo
viejo, pero la tradición tenía todavía tal fuerza que tiraba de las personas y
de sus vidas como una enorme piedra atada a la pierna de un hombre arrojado al
mar.
En el pueblo seguían
despertándote los pasos de las mulas y borricos golpeando con el cloc-cloc de
piedras que chocaban en el empedrado de las estrechas calles. Y entonces todo el dormitorio de paredes blancas se
llenaba de luz joven, esperanzada e inocente. Toda la casa vestida en su velo
de novia perpetua recibía al día con alegre rutina, y te llenaba de gozo el
sentir que era un alivio estar rodeado de seres sencillos que eran buenos y
amables por herencia cultural, no por obligación o costumbre.
Los campos empezaban a estar
llenos de color y de personas que tenían marcada en su cara la dureza de la
vida al aire libre. Miraban con respeto al patrón y con curiosidad feliz a los
niños de ciudad que sentíamos su dulce país tan cálido y cercano, y la presencia de ellos tan deseada y festiva.
Luego esos hombres se vestirían de nazarenos o llevarían en andas la imagen de
su virgen o su Cristo. Les cantarían saetas o verían embobados a un lado de la
calle como la procesión pasaba por delante mientras unos rezaban y algunos lloraban por ver a Jesús sufrir y
morir por ellos, pues era el único que recordaban capaz de haberlo hecho. La
banda de música tocaba un ritmo como de parada, entre militar y religiosa.
Marcaba el son de los pasos de las andas. Era una música que producía pesar,
una pena muy honda. A veces la tropa de musicos estaba compuesta de soldados,
que recordaban a los de Roma, otras era una sencilla banda municipal.
Yo ya sentía que esa religiosidad
era solo propia de la gente mayor de esa época, y me temía que seguramente los
sucesores de aquellos andaluces duros y sabios eran ya de otra pasta. Como si
su religión estuviera ya en otra parte. Se les veía a todos los jóvenes con
ansias de marcharse, aun sin saber que les depararía el futuro en los lugares
de promisión que ellos imaginaban eran las ciudades inmensas a las que se
dirigían sus sueños de futuro. Pero es que estos nuevos andaluces ya no amaban
el campo y veían en sus padres a seres incultos que gustaban de sufrir
trabajando por no saber hacer otra cosa. Así se perdió una cultura. Por la
ceguera de los poderosos y por la incomunicación entre generaciones. Esa gente
que leía el campo y vivía solo para él desapareció poco a poco, dejándonos
silencio y hambre de un saber que nada más podía proporcionarlo la vida misma.
La semana era un recorrido
constante por las cuatro iglesias de Arjona. Nuestra madre sabía los horarios
de todos los oficios y misas. Todos
acabábamos con olor a incienso y cera después de tanta vida al calor de los
rezos. Esa religiosidad era una cultura, algo que se desprendía de la voluntad
bondadosa de las gentes, y aunque no sé si habría excepciones, no se daban
aparentemente casos de gente obligada a
seguir esos ritos. Sí había quizá una despreciativa hipocresía causada por el
miedo a lo diferente, hacia los seres que entendían la vida a su manera. Una
manera de aislamiento de la gente con ideas propias, estigmatizado por una
iglesia que no era capaz de entender o explicar su mensaje entero. Aunque yo no
conocí casos de ese rechazo de los otros, había una bondadosa ignorancia,
muchas veces sin mala fe, de lo que no era entendido como natural en las
personas, pero luego vendría lo contrario, el ensalzamiento insensato de
cualquier heterogeneidad llamativa. Puede que hubiera rutina en esa fe nunca
explicada, pero también y sobre todo había amor a lo recibido y agradecimiento
por la vida y sus dones. Por tener un asidero fiel gracias al cual uno nunca
podía sentirse abandonado. Era una cultura del dar gracias, a veces exagerada
en su tono resignado sin remedio. Frente a ella, se edificó la actual
civilización de la protesta permanente. La política se entro metió en las almas
de la gente y nadie se preocupó de cuantos corazones quedarían a la intemperie.
Sí podía sentirse esa religión a veces como algo atosigador, pero llenaba tanto
todas las cosas de la vida que uno nunca llegaba a sentirse solo y amedrentado
durante mucho tiempo.
Arjona fue para mí desde siempre
una ciudad con un cierto hálito de tristeza. Parecía ya entonces una ciudad en
el borde de su decadencia, y otros pueblos más humildes tenían un sostén más
recio en la pujanza interior de sus habitantes, más abiertos al futuro, y menos
encerrados en su propia historia, lo que les daba una alegría quizá algo
rustica pero perceptible rápidamente. El simple acento del habla andaluza de
Arjona era más altivo, recio y orgulloso que el acento alegre y humilde de las
gentes de Marmolejo y comarca. Solo había doce kilómetros de distancia, pero el
paisaje era otro, alegre, colorista y fresco en Marmolejo. El de Arjona en
cambio era un paisaje sufrido y austero. Quizá fueran de Arjona los aceituneros altivos que cantó
el poeta, o era quizá ese talante ya una costumbre forjada en el trato con
señores poderosos, lo que hizo de las gentes de esa población seres más pagados
de una historia propia heredada de las leyendas y herencias familiares de
hazañas particulares.
Los días en el campo pasaban
rodeados de animales que se empeñaban en regalarnos: un gato de la camada que
iban a sacrificar, un pollo con su plumón amarillo de días, un jilguero o un
canario cantando incansable en su jaula, un perrito que comería demasiado para
su madre o el pato azulón que luego les devolveríamos. Nos entreteníamos entre
las celosas vacas madres de raza retinta, entre los carneros con su cuerna de
caracola, admirándolos a ellos y a los corderillos del rebaño que jugaban entre
sí saltando troncos y persiguiéndose. Esos corderillos eran algo de la esencia
de la semana santa, diosecillos animales que representaban a un Jesús niño para
mí. El cordero sacrificado por los romanos era un símbolo para mayores. Tenían
en la mirada el candor de un dios entregado a su sacrificio, pero en mi mente
por lo menos eran seres de cuento, imposibles de ser muertos o de morir por cualquier
causa, pues yo pensaba que no crecían nunca. Los jienenses de Arjona adoraban a
las golondrinas por haber librado a Jesús de las espinas, y a las cigüeñas por
anidar en las iglesias y anunciar la primavera. Consideraban que era un crimen
matarlas a ambas. Odiaban a las culebras por haber tentado a Adan, y la virgen
muchas veces pisaba una serpiente en las figuras esculpidas que los creyentes
adoraban.
Arjona era el pueblo añejo, con
historia conocida desde los hombres de la edad del bronce. Era un pueblo en su
otero, vigilante de las colinas llenas de olivos que lo rodeaban y adornado con
casas señoriales de las familias principales, desde que el Rey Alhamar la hizo
capital de un reino que luego fue el nazarí de Granada. Esa religión tan
castiza y robusta citada antes, fue la que permitió reconquistar estos parajes
para la cristiandad, y los luchadores de entonces con sus jefes repoblaron lo
conquistado con su sudor y su sangre. Esa era la esencia de Arjona, una ciudad
con historia propia: Urgavona Alba, como le llamaron los romanos. La ciudad
blanca de las semanas santas llenas de luz irreal y soñada. La luz de un pueblo
que creía, porque pensaba que era más bonito vivir de esa manera.
Álvaro Pérez de Herrasti Urquijo
2010-04-08
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