A VECES.-
A veces cuando pienso que soy una cuerda echa un lío,
que no vale para atar nada,
no me da pena morirme fumándome a un mendigo,
a un actor que está viviendo siempre su película sin dueño,
a su autor que la vende pidiéndonos un copyright de nubes
multiemprendedoras,
o a un político con vicio de fregar comidas limpias,
o con vicio de ensuciarlas con versículos de astrolabio.
Fumarme a un periodista que escribe con las cenizas de su
barba
cafeínica.
Casi le pierdo, entonces, el miedo a la parca del
aparcamiento,
en la ciudad del
cielo endiosado de ver días tan
pequeños.
Porque no le veo sentido a esta vida que no tiene dirección
ni
señales de tráfico. Y hay que estar siempre amarrado al
duro banco
sin intereses de la cotidianeidad, amorfa de tanta morfina
rayada.
Para qué sentir los cláxones del periódico, o el cegador brillo
de los neones
que me persiguen:
como esas sirenas de policía que pedofichan solo inocentes,
nada más que por ranquear estadísticas.
Después de un viaje corto,
fuera de esta cueva de incomprensión de las compresas.
Llena de falsedad y de mentiras gemidoras de incendios
a la que llamamos ciudad
lúdica y lúbrica,
vuelvo a su regazo, y de nuevo me pierdo
en la penumbra de la mediocridad de los regalos sin destinatario.
En la vulgaridad de
perseguir sueños que rompo y recompongo sin parar,
y los sustituyo por
otros sueños que nunca he soñado dormir,
sino que me han
soñado ellos para no dejarme levantar mi
cabeza
ya tan aburrida de
ese juego.
Del juego de que los sueños me sueñen sin permiso,
haciéndose huéspedes
morosos.
Los acabo desechando en una fosa séptica incomunicada, sin
memoria ram,
desmemoriando todos los hechos verídicos que pueden ser
alegados en juicio de tinieblas,
con la sorpresa de los regalos confundidos de fecha:
desechados y enterrados en un cementerio nuclear de chipiritiflauticos.
Entonces pienso que soy una mierda de tío, un tío de mierda.
¿Reciclable, no reciclable?
Una mierda hecha un lio, un tío que se da cuerda para vivir cada día.
Que se da cuerda como a un juguete de cuerda,
como se le da cuerda a un caballo, sin yo saber en realidad
saltar a la cuerda,
que es un juego que no se puede aprender porque ya nadie se
acuerda.
Ya nada de lo que he
hecho en la vida hasta hace poco está bien hecho:
para mí, en realidad ni siquiera está hecho: o está crudo, o
demasiado pasado
de moda.
Y lo que quieren algunos que hagamos los que somos como yo,
así de líquidos,
es matarnos en vida, como las mataduras de las moscas.
O matar la vida en nosotros, para cobrar el seguro,
contra seres tan inseguros como yo,
pagando primas tan caras, cuando ya casi todas mis primas
han volado.
Pero es que lo que veo
cuando paseo por las calles son muchos muertos vivientes
que no tienen donde caerse muertos ni de risa.
Porque hasta los muertos están en paro forzoso
en esta ciudad de ciudades-continente,
que solo se mueve
para cambiar de postura
en su cama de invalida.
Álvaro Pérez
2013-02-26
No hay comentarios:
Publicar un comentario