miércoles, 22 de mayo de 2013


VELOCIDAD  DE  LAS  PISCINAS.-


Yo era entonces un chiquillo, que no podía pensar en ti, porque no te conocía todavía.  No  podía  figurarme, en que brazos  de madre estarías. O entre qué  brazos de hombre u  hombres.  Entre una leyenda de falso crup,  y las  estancias de los fines de semana  en la piscina de la finca de mis tíos abuelos, en las afueras de Madrid, se paso esa mi niñez. Esa parte que transcurre ya sin chupete. Entre la época  que cabe, desde el  olvido  de  los yogures, y  el atracarse con  los marrones más grandes de la vida.

Yo  hacía el péndulo, entre la gordura  sin autoestima, y el desanimo de cierta  estética delgadez, alternadas  como  los días grises y los soleados. Entonces, fue cuando caí en la cuenta de que existían mujeres como mi prima Isabel. Y ahora caigo en la cuenta de que pude acabar como el Gran Gatsby, mientras  subido en el montículo  que ocupaba la pileta  de agua  de  aquella finca, me dedique a jugar con el  liquido. Pasaba la mano por la superficie, en una zona con forma de capsula medicinal, y me caí por la borda. No sabía nadar todavía.  Mi prima Isabel, como de costumbre, estaría mirando  la luz de la primavera, a ver si conseguía enamorarla, más que a mí  todavía.

Otro de mis primos, melómano y amante de la caza, estaría hablando de cualquier faena de una feria de provincias, que le habría contado su padre. Con su deje simpático y lleno de vitalidad.  Otro de los más cercanos a mí, no sé si estaría, porque no era de los que más frecuentaban el lugar  con su familia. Yo en realidad no les veo en este recuerdo, en las edades cronológicas de ese momento exacto. Ya que en ese caso, dificilmente un niño de seis años como sería mi primo, luego melómano, podría hablar de toros. Y menos de una faena concreta, de un torero  al que su padre admirase.  A esas edades, los padres no hablaban con nosotros de las faenas de sus  toreros preferidos, eso llegaría después. Pero la memoria es así, desorganizada y caótica.

El caso es que pude adelantarme al verdadero fundador de los Rolling Stones, flotando en una piscina, como un misterio de pantano viernes  trece. Quizá solo estaba pensando en mi prima Isabel, distraído, o ya pensaba en ti, aunque me faltaran décadas para conocerte  ya mujer. Quizá pensaba en si volvería  a engordar, o adelgazaría más, o en cuándo me enseñarían a tirarme del trampolín, esa cosa tan vertiginosa como los saltos de Spiderman. O el vertigo de King Kong desde lo alto del rascacielos neoyorquino.

En  definitiva, que el momento se me hizo eterno, manoteando como un  ejecutado en la horca. Eso  después de haber podido, hipotéticamente, confesar en mi Shutter Island,  la muerte por ahogamiento de tu recuerdo futuro. También de mis  silencios  vivenciales  familiares, y de mis dudas con la prima Isabel , que era una primavera, que nunca se  acababa  de consagrar.

El agua era un barullo de  burbujas y de espacio  astronáutico. Una placenta que me tragaba de nuevo. Pero que se movía como un remolino desordenado, que no  presagiaba  ningún final conocido. Y el sospechado  por mí entre estertores  sin aire, era el menos agradable. 

Tuve hasta un modelo familiar de ahogado, un  joven  chico que trabajaba en la finquita, se ahogo en la otra piscina. Una  especie de alberca que no usaba casi nadie, y que a él le dio por probar. Quizá  todo sucedió  después de una mala digestión , o de un corte de circulación por el calor ambiente y el  agua frígida.
También pude  convertirme en coetáneo de  Lucy, la chica de Ferlosio que se ahogo en El Jarama.  Yo solo sé que dudaba de algo, cuando manoteaba con los dedos sobre el agua. Quizá sobre que haría cuando te viera la primera vez, o cuando llegase el momento de decirte las palabras  más importantes  que hay que decir  entre una mujer y un hombre. Si era eso , la caída era inevitable.  Mi tío abuelo me sacó, no sé  todavía si me sacó hacia ti, o me sacó hacia  mi propio vacio de tantos años. Solo sé que me sacó, y me enseño  durante muchos años que existen muchos otros seres aparte de hombres y mujeres, y niños y niñas, en el mundo.

Pero entre bicho y bicho, yo seguramente seguía teniendo un hueco para ti, hueco que me robaba alguna otra, durante demasiado tiempo, y también  muchas otras  ocupaciones frustrantes. Llego el momento de tirarse a la piscina, y yo temí  convertirme en Gatsby,  y que alguien me pegara un tiro por detrás, por robarte de sus brazos. ¿De  polista o de mecánico?, eso era otro misterio.
Uno tan  secreto como tu respuesta, que  no  conozco  del todo , de la que no estoy seguro, porque no sé todavía si eres la que dices que eres. Y yo tampoco sé si soy el que creo que soy, si soy el que tú crees que soy. O  si soy el que los otros me han venido diciendo que tengo que ser.


APHU
2013-05-20

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