domingo, 26 de mayo de 2013

DE DIOSES Y GUIJARROS.-



Si hay un dios que el capitalismo no admite,
es el de los que llevan guijarros en el bolsillo,
porque  de ellos no se llenan las cuentas corrientes.
Si hay un dios que el capitalismo no admite,
es el Cristo que da luz a los geranios, cubiertos
de humilde polvo, por bocacalles que encauzan
entre Barquillo y Malasaña, sudores de cielo.

De polvo que brilla en plata humilde y seca,
y bebe del agua que sobra  en las sequías,
de los posos del café, de los silencios de casas
llenas de tiempo,
y de los ruidos jóvenes de gente  que  es tan vieja
como el amor, y tan inocente 
como la noche que se cree pecadora.

Hay incluso más dios donde más lo insultan.
Más  todavía, incluso donde lo insultan
con  zalemas de intención mimosa,
porque no queda nada del insulto, del piropo fácil,
ante tanta  microscópica desnudez, 
de un espíritu sutil.

Dios es tan inocente como la presuntuosa noche,
no le conoce quien le insulta, porque es negro como la noche,
invisible  como la noche, 
de las estrellas  interiores más lejanas.
Como va insultar nadie a la noche, si es como un dios de los geranios,
que los alimenta mientras duermen.
Como va insultar nadie a un Cristo que acompaña con sus hojas verdes
a los vómitos borrachos y perdidos, de los que no saben quiénes son.
Como va a ser un Cristo dios capitalista un geranio
que no sabe de chaquetas ni corbatas,
de casullas ni tonsuras, ni bonetes.
Que solo conoce el olor ancestral del tabaco de los serenos,
de la humedad que riegan  los barrenderos.

El dios-capitalista es otro, que se encarno en el hombre,
para no conocer ni al geranio ni a la noche, ni al vomito borracho,
ni a los besos desparramados  como  pétalos sin dueño,
por calles de  lignito y plata húmeda, brillante de pura suciedad
verdaderamente aristocrática.
Ese es el dios capitalista, que tiene nombre, apellidos, dirección,
teléfono, mujer guapa , elegante y fría para lucir en cócteles,
hijos con máster.
Hombre que no sabe dónde está cuando se pierde
en una calle oscura, antigua,
con olor a geranio jubilado, sonidos de radio  familiar,
y  pasos humanos, demasiado humanos,
para ser reconocidos por ese  dios metálico,
incoloro, inodoro, insípido, a régimen de gimnasio y meditaciones
macrobióticas:  entrenamiento, musculo, flema.
Un dios sin cruz, que solo pone cruces a otros, para tener en
cabeza ajena  la experiencia de que en la vida se sufre.
Por lo menos él sabe que lo hacen, los pequeños dioses
con guijarros en los bolsillos.                                    

  a    Leire                                             


 Álvaro  Pérez
2013-05-26



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