MAS VALE NO
LUCHAR.-
El raro leopardo hembra se
despertó, y como vio que la noche solo camuflaba la parte manchada de su
cuerpo, y que los ronquidos sordos y rugidos de macho leopardo volvían, salió de
su guarida, y
se interno en el sombrío
atardecer de la ciudad. Pero lo hizo con mucha cautela. Sabía lo que era la policía. Lo sabía de una manera instintiva, como lo saben los animales más salvajes, que son perseguidos. Conocía el olor de sus chaquetas metálicas, y sus camisas protectoras, de sus porras y del metal de sus pistolas y rifles. Los de esas armas que lanzaban balas de goma, dura como un coco, y de las que disparaban indistintamente balas mortales o dardos somníferos.
Seguía oyendo los rugidos, que ahora parecían tan enormes, como de dinosaurio, y despertaban a veces, a la gente con sueño ligero. Atronaban en noches en que se mascaba en el aire un efluvio invasor, que perturbaba todo el mundo circundante. Ella procuró valerse de las sombras, que apagaban todo más, con el inicio de la negrura. No tenía la total seguridad de si aquel bicho era un macho de su especie. Si podía ser un descomunal carnívoro o herbívoro. A ella le atraían a veces llamadas equívocas, pues tenía un alma felina y otra, que no sabía reconocer, algo tendente a primate. A la hora de reconocer la procedencia de ese ruido y los efluvios de aquel ser, no daban para tanto su gran olfato y su oído prodigioso. Lo sabría con seguridad, en caso de encontrarse a una distancia adecuada, para que sus sentidos distinguieran claramente su origen. Estaba además, algo cansada después de la persecución de película que había sufrido, al poco de darse la alarma de su escapada del zoo.
Había tenido que dar toda una vuelta a todo el recinto de exhibición zoológica, pasando por delante casi de todas las jaulas y recintos de los diferentes animales de las varias faunas continentales. todos rugían, chillaban, amenazaban a su paso. y ella iba deslizándose, amagando por los lugares más disimulados. trepando incluso una vez por una pared en subida hacia el muro divisorio entre dos diferentes zonas que separaban la fauna africana de la americana. Corrió por encima del muro como un Ferrari de carreras, hasta quedar casi exhausta, al bajar hacia la seguridad de unos setos. Era ya cerca del exterior del recinto del zoo. No había sido el mejor momento para que aquel hombre la soltara. Algunos felinos y otros animales peligrosos por su corpulencia, estaban nerviosos, por un extraña carga magnética que rezumaba en el ambiente.
Un espontaneo animalista, amante en especial de los gatos manchados, también de la naturaleza en general , de los toros, y odiador a muerte de las corridas, y otras causas aparentemente utópicas y perdidas, le había abierto la puerta de la jaula. Aunque ella no lo sabía, algo dentro de ella lo sospechaba. Sospechaba que entre los dos podía haber un nexo biológico, hormonal, linfático. De olores, calores, miedos, rabia y sexo. El hombre ya había sido detenido. Pero, aunque lo hubiera sabido, le habría dado igual, en principio, ya que no lo reconocía exactamente como de su especie. Aunque no estaba segura. ...................................................................................................................................................................................................................
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Seguía oyendo los rugidos, que ahora parecían tan enormes, como de dinosaurio, y despertaban a veces, a la gente con sueño ligero. Atronaban en noches en que se mascaba en el aire un efluvio invasor, que perturbaba todo el mundo circundante. Ella procuró valerse de las sombras, que apagaban todo más, con el inicio de la negrura. No tenía la total seguridad de si aquel bicho era un macho de su especie. Si podía ser un descomunal carnívoro o herbívoro. A ella le atraían a veces llamadas equívocas, pues tenía un alma felina y otra, que no sabía reconocer, algo tendente a primate. A la hora de reconocer la procedencia de ese ruido y los efluvios de aquel ser, no daban para tanto su gran olfato y su oído prodigioso. Lo sabría con seguridad, en caso de encontrarse a una distancia adecuada, para que sus sentidos distinguieran claramente su origen. Estaba además, algo cansada después de la persecución de película que había sufrido, al poco de darse la alarma de su escapada del zoo.
Había tenido que dar toda una vuelta a todo el recinto de exhibición zoológica, pasando por delante casi de todas las jaulas y recintos de los diferentes animales de las varias faunas continentales. todos rugían, chillaban, amenazaban a su paso. y ella iba deslizándose, amagando por los lugares más disimulados. trepando incluso una vez por una pared en subida hacia el muro divisorio entre dos diferentes zonas que separaban la fauna africana de la americana. Corrió por encima del muro como un Ferrari de carreras, hasta quedar casi exhausta, al bajar hacia la seguridad de unos setos. Era ya cerca del exterior del recinto del zoo. No había sido el mejor momento para que aquel hombre la soltara. Algunos felinos y otros animales peligrosos por su corpulencia, estaban nerviosos, por un extraña carga magnética que rezumaba en el ambiente.
Un espontaneo animalista, amante en especial de los gatos manchados, también de la naturaleza en general , de los toros, y odiador a muerte de las corridas, y otras causas aparentemente utópicas y perdidas, le había abierto la puerta de la jaula. Aunque ella no lo sabía, algo dentro de ella lo sospechaba. Sospechaba que entre los dos podía haber un nexo biológico, hormonal, linfático. De olores, calores, miedos, rabia y sexo. El hombre ya había sido detenido. Pero, aunque lo hubiera sabido, le habría dado igual, en principio, ya que no lo reconocía exactamente como de su especie. Aunque no estaba segura. ...................................................................................................................................................................................................................
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