lunes, 27 de mayo de 2013

IÑIGO  Y  YO  EN  EL  OESTE

Jugábamos  en el recreo mañanero  a indios  y vaqueros. Sobre todo nos gustaba lo del Llanero Solitario. Él era el Llanero  y yo  su caballo. Sus pistolas relucían como un destello de cuarzo. Y cuando me arreaba, yo resoplaba,  igual que el caballo  Plata en los comics. Entonces, recorríamos las zonas más despejadas  en el patio del colegio del Pinar, buscando  desenredar entuertos. Yo alzaba las rodillas,  a la manera  de un caballo que manotea al galopar. Levantábamos polvo del patio, que parecía el más autentico y ceniciento  de Texas.

Íbamos en busca de Tonto, el indio amigo de mi dueño, para con su ayuda, perseguir a los ladrones Stanton, forajidos que habían robado  parte del ganado, en el rancho de los Helmer. Vicente hacía de Tonto, pues tenía casi el mismo aspecto de apache que Cochise.

Algunos de los compañeros del recreo  nos miraban  todavía, a esas alturas,  con cara de asombro. Pero para la mayoría éramos parte  del mobiliario , y había un halo familiar en nuestro juego. Mientras  deambulábamos de un lado a otro se oían voces infantiles de conversaciones alegres y gritos de saludo o de juego, entre toda la multitud de chavales que allí nos juntábamos. También sonaban las chapas de los que jugaban a un  futbolín casero que congregaba en el porche a dos filas de apasionados, sentados unos frente a otros.

Al seguir nuestra aventura, tuvimos un encontronazo  con parte de la banda, que iba  al mando del pequeño de los Stanton.  La refriega fue tremenda, pero casi todo nos fue favorable,  gracias a que en el último momento apareció Tonto, atacando por sorpresa. Con su tomahauk  acabo con el pequeño Stanton. Los disparos de Llanero retumbaron en todo el patio, entre mi coro de relinchos. Lo más lamentable de todo fue que los gritos de guerra del indio, que comenzaron tres minutos antes del ataque, pusieron sobre aviso al jefe supremo de la banda y a los secuaces más peligrosos, que venían a  reunirse  a los que atacábamos.

La sirena de final de recreo de la mañana nos privo esa  vez, como muchas otras, de terminar nuestra tarea, y no pudimos atrapar a toda la banda. Pero al regresar  a las aulas, buscamos de camino a la clase, atisbando por la rendija de las puertas de  los despachos de doña Amalia y sor Mary, pero nada. Luego, un compinche infiltrado en la banda nos sopló que los caballos de piedra del recreo de los enanos, habían desaparecido  entre  hojarasca: era la pista definitiva. Pensaríamos a lo mejor  entonces, como tantas veces, que la paz nunca sería duradera para los malvados, no pasarían del recreo largo de mediodía. Todavía  seguiríamos pensando quizá, que el bien siempre  vencía,  algunos años. Bueno, yo quizá nunca llegara a pensarlo, pues yo era Plata, el caballo. Más bien, lo pensaría él,  el  Llanero,que era un buen hombre niño.


Álvaro   Pérez

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