IÑIGO Y YO
EN EL OESTE
Jugábamos en el
recreo mañanero a indios y vaqueros. Sobre todo nos gustaba lo del
Llanero Solitario. Él era el Llanero y
yo su caballo. Sus pistolas relucían
como un destello de cuarzo. Y cuando me arreaba, yo resoplaba, igual que el caballo Plata en los comics. Entonces, recorríamos las
zonas más despejadas en el patio del
colegio del Pinar, buscando desenredar
entuertos. Yo alzaba las rodillas, a la
manera de un caballo que manotea al
galopar. Levantábamos polvo del patio, que parecía el más autentico y
ceniciento de Texas.
Íbamos en busca de Tonto, el indio amigo de mi dueño, para
con su ayuda, perseguir a los ladrones Stanton, forajidos que habían
robado parte del ganado, en el rancho de
los Helmer. Vicente hacía de Tonto, pues tenía casi el mismo aspecto de apache
que Cochise.
Algunos de los compañeros del recreo nos miraban
todavía, a esas alturas, con cara
de asombro. Pero para la mayoría éramos parte
del mobiliario , y había un halo familiar en nuestro juego.
Mientras deambulábamos de un lado a otro
se oían voces infantiles de conversaciones alegres y gritos de saludo o de
juego, entre toda la multitud de chavales que allí nos juntábamos. También
sonaban las chapas de los que jugaban a un
futbolín casero que congregaba en el porche a dos filas de apasionados,
sentados unos frente a otros.
Al seguir nuestra aventura, tuvimos un encontronazo con parte de la banda, que iba al mando del pequeño de los Stanton. La refriega fue tremenda, pero casi todo nos fue
favorable, gracias a que en el último
momento apareció Tonto, atacando por sorpresa. Con su tomahauk acabo con el pequeño Stanton. Los disparos de
Llanero retumbaron en todo el patio, entre mi coro de relinchos. Lo más
lamentable de todo fue que los gritos de guerra del indio, que comenzaron tres
minutos antes del ataque, pusieron sobre aviso al jefe supremo de la banda y a
los secuaces más peligrosos, que venían a
reunirse a los que atacábamos.
La sirena de final de recreo de la mañana nos privo esa vez, como muchas otras, de terminar nuestra
tarea, y no pudimos atrapar a toda la banda. Pero al regresar a las aulas, buscamos de camino a la clase,
atisbando por la rendija de las puertas de los despachos de doña Amalia y sor Mary, pero
nada. Luego, un compinche infiltrado en la banda nos sopló que los caballos de
piedra del recreo de los enanos, habían desaparecido entre
hojarasca: era la pista definitiva. Pensaríamos a lo mejor entonces, como tantas veces, que la paz nunca
sería duradera para los malvados, no pasarían del recreo largo de mediodía.
Todavía seguiríamos pensando quizá, que
el bien siempre vencía, algunos años. Bueno, yo quizá nunca llegara a
pensarlo, pues yo era Plata, el caballo. Más bien, lo pensaría él, el
Llanero,que era un buen hombre niño.
Álvaro Pérez
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